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Al cabo de 2km de sinuosa pista forestal por un espeso pinar, en lo alto de una colina desde donde se vislumbran las agujas de la montaña de Montserrat, se encuentra la casa donde vive nuestro amigo, el pintor Segis Vilarasau, y su hijo de cinco años, el gran Pepe.

Además de acogernos esta primera noche, darnos de cenar (y de desayunar, esta mañana) en marco incomparable, nos llevaron (tres generaciones de la familia, también venía la encantadora madre de Segis) a una enorme masía completamente diáfana por dentro, donde se celebraba un concierto de jazz: diferentes big bands (agrupaciones de hasta 20 músicos sobre el escenario) enriquecidas con la presencia (a cuentagotas) de un jazzman de primera fila: Michael Phillip Mosman quien, según Segis, el efecto “bola de nieve” del pueblo de Aviñó había elevado a la categoría de “mejor trompetista del mundo”. La verdad es que daba gusto escuchar como el tío hacía chilllar a su trompeta.

Regresamos tarde, y rápido, en la fregoneta de nuestro amigo y yo, entre bache y socavón, iba pensando: Para ser el primer día no ha estado nada mal. 

Al cabo de 2km de sinuosa pista forestal por un espeso pinar, en lo alto de una colina desde donde se vislumbran las agujas de la montaña de Montserrat, se encuentra la casa donde vive nuestro amigo, el pintor Segis Vilarasau, y su hijo de cinco años, el gran Pepe.

Además de acogernos esta primera noche, darnos de cenar (y de desayunar, esta mañana) en marco incomparable, nos llevaron (tres generaciones de la familia, también venía la encantadora madre de Segis) a una enorme masía completamente diáfana por dentro, donde se celebraba un concierto de jazz: diferentes big bands (agrupaciones de hasta 20 músicos sobre el escenario) enriquecidas con la presencia (a cuentagotas) de un jazzman de primera fila: Michael Phillip Mosman quien, según Segis, el efecto “bola de nieve” del pueblo de Aviñó había elevado a la categoría de “mejor trompetista del mundo”. La verdad es que daba gusto escuchar como el tío hacía chilllar a su trompeta.

Regresamos tarde, y rápido, en la fregoneta de nuestro amigo y yo, entre bache y socavón, iba pensando: Para ser el primer día no ha estado nada mal.