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A Venecia por la noche la vuelcan boca abajo y toda la miríada de turistas que abarrotan sus calles durante el día caen y desaparecen en los canales. Los venecianos han llenado de señales sus calles para ahorrarse indicaciones. Cuando las dan, suelen ser monosílabos, o breves gestos con la mano, sin apenas mirar al turista. Fuimos con los chicos de Extremotor, Sergio “MelGibson” y Carlos, con quienes tenemos bastante afinidad. Son muy salaetes y nos complementamos de lujo: ellos tienen un taller de coches, y nosotros sabemos idiomas.

En la plaza San Marcos nos encontramos con la organización y con otros equipos. Decidimos salir de Venecia y hacer caravana hacia Eslovenia, previa compra de la vignetta, una pegata que nos va a permitir, a cambio de 15 euros, conducir por este pequeño país durante una semana.

Entramos por el sur, sobrepasamos Ljubljana, la capital, y enfilamos hacia el norte a Bled. En 120 km sólo vimos belleza: espesos bosques de abetos y alerces, colinas y montañas bajas tapizadas de verdor, que, de cuando en cuando, descubrían coquetos pueblecitos gobernados por picudas e impolutas iglesias.

Ya cerca de Bled, las montañas se agrandan, estamos en la zona de los Alpes Julianos. Encontramos sitio en un camping a orillas de un río y plantamos las tiendas. Luego nos vamos al pueblo pero sólo nos dan de cenar en una hamburguesería que atienden dos lánguidos y empanados jóvenes.

Se unen a nosotros cuatro los del equipo del Reino de Leon, unos personajes que merecen no un comentario, sino un blog entero. Ya le he dicho a Alvaro, el del documental, que les haga un seguimiento exhaustivo. Merece la pena. Después de malcenar y reirnos un huevo, regresamos al camping. Hay que dormir. Mañana nos espera el lago de Bled.